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Las crisis latinoamericanas en perspectiva histórica

Publicado el 18/01/2017

El profesor José Antonio Ocampo analiza las cuatro grandes crisis económicas de alcance regional en el último siglo en América Latina: la crisis de los años 1930, la crisis de deuda de los años 1980, la crisis de 1998-2003 y la crisis actual.

América Latina ha atravesado por cuatro grandes crisis económicas de alcance regional en el último siglo: la crisis de los años 1930, que fue desencadenada por la Gran Depresión de los Estados Unidos; la llamada crisis de la deuda de los años 1980; la crisis de 1998-2003 (que aquí denominaré crisis de fin de siglo), que fue un subproducto de la que se desencadenó en Asia Oriental en 1997; y la crisis actual, que se inició con una desaceleración en 2012-13 pero se agravó con la fuerte caída en los precios de productos básicos en 2014. Hay, por supuesto, otras crisis en la historia de la región, pero de menor intensidad (como la que sucedió a la caída de los precios de productos básicos a mediados de los años 1950), relativamente cortas (la que se produjo con la crisis del Atlántico Norte de 2008-09) o que han carecido de alcance regional (la crisis de 1994-95, que solo afectó en forma severa a México y Argentina).

Un elemento histórico común que subyace tras estas crisis es una dinámica macroeconómica dominada por choques externos, positivos y negativos. Los dos elementos más importantes son la caída en los precios reales de productos básicos y el deterioro en las condiciones de financiamiento externo, que en condiciones más críticas es una interrupción de dicho financiamiento (un "sudden stop", como se le denomina en la discusión internacional). Las políticas macroeconómicas tienden a reforzar en vez de mitigar los choques externos, es decir se comportan generalmente en forma procíclica. El exceso de gasto durante los auges reduce los márgenes de maniobra con que cuentan las autoridades para contrarrestar los choques externos con políticas fiscales y monetarias y, por lo tanto, se ven obligadas a adoptar políticas de ajuste para enfrentarse al deterioro en las condiciones externas.La intensidad con la que se mezclan los dos fenómenos centrales señalados ha variado a lo largo del tiempo. La Gran Depresión y la crisis de la deuda generaron la peor combinación de factores: un deterioro agudo de los precios de productos básicos y una interrupción del financiamiento externo. Sin embargo, pese a que las condiciones para exportar fueron mucho menos favorables durante la Gran Depresión, el comportamiento de la actividad productiva fue mejor: después de una fuerte caída inicial, la actividad productiva se recuperó rápidamente y ya en 1937 se había superado el PIB per cápita de 1929 (el año previo a la crisis). Por el contrario, aunque la contracción de la actividad productiva fue menos marcada durante la crisis de la deuda, se tardó catorce años en recuperar el PIB per cápita de 1980 y casi un cuarto de siglo (hasta 2004) en reducir los niveles de pobreza a los de dicho año.

La explicación básica del mejor comportamiento durante la Gran Depresión fue la capacidad de utilizar los menguados recursos externos para importar bienes esenciales para impulsar la actividad productiva (de bienes de capital e intermedios), gracias a la moratoria sobre el servicio de la deuda externa. De hecho, esta fue la última vez en la que se empleó ese instrumento, que había sido utilizado en repetidas ocasiones desde la primera crisis de endeudamiento que se experimentó en la década que sucedió a la independencia política. A esto se agregó la puesta en marcha de una nueva estrategia de desarrollo, cuyo elemento fundamental fue la explotación del mercado interno y la sustitución de importaciones de bienes industriales y agrícolas.

Visto en esta perspectiva comparada, la crisis de fin del siglo ha sido la menos severa. El PIB per cápita se estancó durante seis años, pero no experimentó una contracción importante. La razón básica se encuentra en el hecho de la que economía mundial siguió expandiéndose, creando oportunidades para exportar; de hecho, el poder de compra de las exportaciones aumentó durante la crisis. La causa externa básica de la crisis fue así la interrupción temporal del financiamiento externo que se produjo por la huida de los capitales de las economías emergentes a raíz de la crisis asiática. El auge de la inversión extranjera directa sirvió como un elemento moderador, especialmente durante los primeros años.

La crisis en curso ha sido severa en algunos países (Venezuela, Brasil, Argentina y Ecuador, en particular), pero para el conjunto de la región ha sido menos rigurosa que las dos primeras crisis mencionadas antes, aunque más que la crisis de fin de siglo. En contraste con esta última, el elemento decisivo ha sido la caída en los precios de productos básicos y la contracción consecuente del poder de compra de las exportaciones. Por el contrario, el financiamiento externo se ha comportado en forma relativamente favorable. De hecho, esta es la primera crisis de la historia latinoamericana en la cual la trasferencia neta de recursos a través de la cuenta de capitales (la entrada neta de capitales menos el servicio de la deuda y los dividendos transferidos al exterior por los inversionistas extranjeros) ha continuado siendo positiva, gracias en particular a los menores niveles de endeudamiento externo y a la mayor cantidad de reservas internacionales que sirven como mecanismo de autoprotección. Esto forma parte de un patrón más general según el cual los choques financieros a los que se enfrenta la región han sido cada vez menos severos, un hecho que se refleja en el acceso a los mercados internacionales de capitales, en el coste del financiamiento y en el comportamiento anticíclico de la transferencia de recursos por la vía de la inversión extranjera, entre otros fenómenos.

Por el lado negativo, se pueden resaltar diversos fenómenos: los reducidos márgenes para políticas macroeconómicas anticíclicas, porque América Latina (y, especial, Sudamérica) gastó en exceso los ingresos registrados durante el auge de productos básicos; las menores oportunidades que brinda el comercio internacional, que está creciendo a los ritmos más bajos desde la Segunda Guerra Mundial; la tendencia adversa de los precios de productos básicos, que se encuentran en el inicio de la fase descendente de un ciclo de larga duración; la prolongada desindustrialización que ha experimentado la región, que se acentuó durante el auge de productos básicos; y el rezago tecnológico que la región ha acumulado. Por este motivo, la crisis, aunque relativamente suave, puede ser prolongada, a no ser que América Latina adopte estrategias relativamente ambiciosas de desarrollo productivo orientadas, en particular, a diversificar su cesta de bienes exportados. En el corto plazo, además, las tendencias adversas pueden acentuarse si prosperan las amenazas de proteccionismo comercial y si la política macroeconómica de los Estados Unidos termina por elevar el costeo y reducir el acceso a la financiación externa de la región.

Por José Antonio Ocampo
Profesor de la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Columbia. Previamente Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas para Asuntos Económicos y Sociales, Secretario Ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y Ministro de Hacienda y Crédito Público, Ministro de Agricultura y Desarrollo Rural, y Director del Departamento Nacional de Planeación de Colombia. Este ensayo es un resumen de la conferencia impartida en la Fundación Ramón Areces el 19 de enero de 2017.


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